III

Odiándome hoy en el espejo
descubrí mi «yo» en otra vida.
El corazón hacía de manzana
porque bajo el pecho moraba
agarrada a la columna
una hilera de serpientes
que contemplaban a dios
escribir el nombre de mi muerte
en la costilla equivocada.

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I

Hoy he descubierto que soy mi propia caja de Pandora. Lo último que he guardado en ella ha sido la postal que me regala la rutina de camino a clase. Los campos a ambos lados de la carretera sangran amapolas. Las amapolas son rojas. Papá me dijo anoche que el color rojo no le gusta, que le recuerda al Danubio cuando está inquieto, al rastro que deja la sangre reseca en el pavimento y al perpetuo llorar de los suyos. Esta mañana, el verano me ha calzado de nuevo las botas. La humedad de la tierra siempre me recuerda al pastel de manzana que nos hacía la abuela en los días de tormenta, cuando no teníamos permiso para salir a conquistar los charcos. Con el paso de los años, dejé de lado los charcos y aprendí a conquistar a los hombres para poder robarles besos en los asientos traseros de mi coche. Ahora, los hombres se van para no volver y yo me quedo sola ante la conquista de mi vida.

El frío cesa antes de tiempo y hace un calor que rememora los meses previos a la entrada del verano. Hoy me he armado de valor, de ropa primaveral y me he encaminado hacia el cementerio. Antes me gustaban los cementerios porque siempre encontraba epitafios sin leer y porque debo de ser la única demente que disfruta de la sensación de andar sobre el limbo que separa la vida de la muerte. Me gustaban porque es el único sitio donde no siento la putrefacción; solo huele a paz y a flores. La última vez iba contigo, acompañándote. A paso lento y pesado. A mí se me cayeron las flores por el camino porque estabas a punto de marcharte y no me quedaban fuerzas para sostenerlas en la mano. Ojalá no tuviera que planear mis pasos. Ojalá estuvieras para engañarte y desviar la ruta de vuelta a casa hacia el cementerio.

Aun así, después de quejarte, siempre te dejabas llevar por mi paso intermitente. «Algún día estaremos aquí, viejos y muertos, y prefiero ser la primera en visitarlo como tal». «Joder, me he enamorado de una loca» te resentías tú. Ahora, estoy fuera de la tienda, con un ramo en una mano y con la otra vacía: hoy tampoco está tu estúpido disco de The Queen is Dead. Ha caído la noche, pero ya he terminado de colocar las flores en el jarrón que pusimos en el salón. Me he dado media vuelta. Todavía me asusta el cementerio. Me asusta girar la esquina y encontrarte sentado en cualquier tumba. Me asusta tu silencio, me asusta que te hayas olvidado de mí y tenga que volver sola a casa, de nuevo.

Desde el baño, I know it’s over hace eco por toda la casa. «Sad veiled bride, please be happy»; he salido del letargo cuando tu sombra no ha aparecido para quejarse de la versión de Jeff, que tú eres más de los Smiths. Your princess is dead. Me bañan las sombras de mis manos. Me dejo hundir. Esta noche, solo soy Ofelia intentando escribir mi epitafio y olvidar lo que reza el tuyo.

Cafuné

El día se te cuelga de los párpados. Te estiras, petite gattara. Parpadeas y bostezas y te lloran los ojos porque no se saben contener cuando cae la nyctophilia. La noche le debe demasiado al día. El pecho se te vacía del resfeber de la ciudad de los gatos y se te llena el niedosyt sin decoro alguno. Sabes que necesitas el cafuné más que nadie. Es el agua que te bebes, la carne de la que te alimentas y la sangre que mana de lo inerte. Te agarras las dos manos y las dejas caer en el pecho, y en los muslos y bajo el puente de tu cadera. Te ayudas de la palinoia pero, en el fondo, sabes que el cafuné es de dos, y eso hace ya un total de cuatro manos. Dos manos frías y otras dos cálidas para que acaben jugando al fýrgebræc en medio de una habitación oscura y cadente. Nunca encuentras el kairos antes de que el lítost se te cuelgue de la espalda, se deje caer hasta el cuello y pernocte, ahí, en las sienes. Dorul te canta una canción y te dejas sucumbir a sus encantos. Ahora, se abre el telón y dejas que aletophobia te muestre su danza magistral y, así, cualquier sillage pueda aprovecharse del tingo. Sonríe y no te seques los ojos, lítost ya está aquí. Déjale hacer.
«T’es naïve, petite gattara.»

A mi padre

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Dacia, febrero de 1992

A las puertas de la historia, las viejas voces de la hambruna cuentan que los grandes murieron antes de vivir. Dicen que los pequeños eran en realidad gigantes con disfraces de niño. Dicen que vestían máscaras pintadas con hambre y dolor. Dicen, también, que la ceniza de sus rostros dolía menos que la inocencia gris de sus ojos, pues tenían el alma inmaculada. A las puertas de la historia, las viejas voces de la hambruna sentencian que nosotros vivimos para alejar a la muerte, mas ellos morían para acercarse a la vida. Nadie los proclama vencedores porque la miseria ya les coronó invencibles.

Ella fue una de ellos, hasta que volvió a nacer. Era la hija de un héroe. Mientras las sábanas le hacían guardia a su pequeña, él desgastaba su sueño en cualquier cola de abastecimiento para, mañana, alimentarle los sueños. Era la hija de un soldado. Era la hija de un soldado que siempre luchó por no sellar el sepulcro de sus hijos. Un soldado que no abandonó el combate por mantener con vida sus sonrisas. Un soldado que curaba sus heridas con alcohol en cualquier taberna. Un soldado que no movió montañas, pero sí las traspasó. Un soldado que no podía comprarle libros para aprender las constelaciones, pero, aun así, se las enseñaba todas las noches.
Un soldado que no ganó su propia batalla, pero sí la guerra de los suyos.

Soy la hija de un soldado,
de un héroe,
de un invencible
portador de gloria anónima.

¿Estás despierta?

Abres los ojos y te anulas. La rutina se te está agarrando a la vida: te lava, te viste y te prepara el desayuno. Hay un montón de tazas fosilizadas en el escritorio que se parecen a tus sentimientos.  El otro montón de responsabilidades te empapela las horas. Un día empezarás a consumirte antes que el tiempo porque el tiempo ya se alimenta de ti.

Tienes tus propios defectos: los dejes en las palabras, el sueño trastornado y la avaricia por amar. Con un vacío en la cama y medio vacío en el café, al final, llenas una vida de precipicios. Un choque y dos miradas que tiritan hacen del precipicio una invitación a caer hacia arriba. Porque, hoy, «no quieres perder tu tiempo, pero sí quieres perderte en su espacio». Ponle fecha, hora y lugar para hacerle mortal. Ponle fecha, hora y lugar para vivirle.

Múdate. Permuta. Nunca es tarde para empezar a desconocer tus calles: acabas donde empiezan las ruinas y, cualquier día de rutina, le habrás puesto su nombre a una ciudad. Tal vez no sepas escribir versos en las ventanas, ni tocar jazz cuando la tarde se echa encima, pero sí sabes cantar en francés y aullarle poemas a la luna. Ya ha caído la noche, y, hoy, es un buen día para coronarte dueña de sus tejados.