Parte I

No es la primera vez que te encuentras frente al abismo. Has colocado mil veces los pies de manera estratégica y calculado el equilibrio justo y necesario con la punta de los dedos para no caer. Te han abierto un sinfín de veces la puerta del balcón para otear el horizonte y vislumbrar el peligro. El aire ensordecedor. El oxígeno que te abrasa los pulmones. El pulso desbocado en su carrera, las extremidades fosilizadas y el corazón a punto de salir disparado del pecho hasta hacerse uno con la rotación involuntaria del planeta. Sientes el giro orbital retumbarte bajo las vísceras. El miedo te habita bajo los párpados.

Miras hacia delante. Cielo y océano te contemplan como dos amantes misericordiosos separados por kilómetros, por estados de la materia diferentes y por una línea imaginaria que nos hemos empeñado en delimitar como frontera de un amor vetusto en el que desembocan todos los idilios de la historia. Todo amor encuentra su desgracia en la fina línea que los separa: en el limbo del egoísmo y del sacrificio.

Eres un ser humano que camina con la piel ennegrecida de tanto miedo. Sales a la calle porque tus cuatro paredes te oprimen y tientas el suelo con los pies descalzos en busca de un lugar de idilio. Un lugar inmenso y virgen donde se dilata el miedo y la huida vuelve sobre sus pasos. De la naturaleza virgen hasta la jungla de hormigón, y de la jungla, caminando, de vuelta a tus cuatro paredes.

— Fin de la primera parte —

Las manos gigantes de Cezara

Sigo una rigurosa rutina de misantropía. Rehúyo el trato humano y me aferro al animal. Me tranquiliza quedarme dormida en posición fetal acariciando el lomo de mi gato. Guardo a cada persona con un rostro desconocido para que ellos puedan trazar sus rasgos por mí. Estoy podrida.

Todas las mañanas me desprendo de mis vértebras. Somatizo todos los males como una epidemia. Me duele la espalda. La ansiedad me abre la tierra debajo de los pies cada vez que intento respirar. Los pocos que aún me rodean me quieren y yo me odio. Es un odio profundo y oxidado.

De mí queda la otra mitad, la del segundo nombre. Debajo de la sonrisa tengo las facciones congeladas y la sal de mis ojos no las derrite.

Mis fracasos ya no importan, soy yo contra el mundo cada vez que despierto. Ando descalza por el vacío y lo único que se mantiene vivo es mi corazón bombeando con fuerza. Mis miedos ya no son sombras y mi pecho lo sabe.

Que en las esquinas de mi pecho escriban todos y cada uno de los nombres en los que he dejado algún atisbo de vida. Las manos gigantes de Cezara podrán sostenerme algún día cuando el vacío desaparezca, pero si este es mi último paseo, quiero morirme de frío.

IX

Mañana seremos viejos y no tendremos tiempo de habitar desnudos los pasillos. Tocará abrir la oficina, preparar el café con prisas y volver a casa derrotados. Cambiaremos la ropa de colores por abrigos oscuros y goma en la suela de los pies. El calor seco terminará su turno. La humedad cambiará el blanco de los huesos por un gris yerto. Sentiremos el viento áspero en las durezas de las manos rebuscando en los bolsillos. No habrá calefacción en casa ni besos en la frente porque los escombros no llevan nombre de hogar.

VII

Todas las noches,
unos pisos más abajo,
alguien prepara café
y a la misma hora
a mí se me inunda el pecho
porque recuerdo todos
los días extraños
cuando el óxido
que se adhiere a la vida
nos invade,
más que nunca.
Abro la ventana
porque no sé respirar
sin oxígeno ajeno.
Ningún muro
se derriba con las manos,
ni se consume por la espera
de una explosión
antes de la podredumbre.
Esperar es frenar
la combustión de la piel
que se cura de la quemadura,
esperar es el breve exilio
de la muerte
hasta que llega.

VI

Ella abarca con los brazos continentes
y sus dedos entrelazan las copas de los pinos.
Siembra sepulcros con sus uñas de nácar
bajo tierras de nombres ya olvidados
donde los huesos de los dioses se deshacen.
Con las pestañas acaricia nubes,
sus trenzas son el acometer de las batallas
cuando su cuerpo construye épocas.
En sus costillas rezan los nombres
de todas las mujeres
junto con el resto de las flores.
Sus pechos brotan con el paso del tiempo
y nacen constelaciones de sus hombros
cuando besa la luna antes de dormir.
Nada es más bello que estos pies
que recorren el universo
cuando nadie recuerda su rastro
en la carne de todos los hombres
que viven a años luz.
Ella no conoce el llanto
por miedo al diluvio,
ella se cree Dios porque no lleva
vestidos en invierno.
Ella es el Alfa porque enamoró
a su Adán sin haber creado la Omega.
Este título fue concebido por los ángeles
como obsequio a la mujer ideal;
sin embargo, y por error del universo,
se borró antes de ser puesto en práctica.

V (Despedidas y otros finales)

Voy con la sonrisa huérfana
desde que me dejaste sin par.
Me reprochabas la costumbre
de hacerte sentir pequeño
y saliste por la cerradura.

A veces veo tu sombra ondear,
tendida por una extraña
que te lee como un libro abierto.

Me he dejado la felicidad
en el compartimento del tren.
Imploraba al maquinista
detenerse pero era tarde
a no sé a qué hora de la madrugada.

Cuando me enviaron a objetos perdidos
sólo encontré un billete de adiós
firmado por el conductor:
«ha llegado al final de la línea,
gracias por habernos elegido.»

Desde que te fuiste
todo me ha salido del revés;
tendrías que verme el corazón.
Le he dado la vuelta,
está en la tintorería
esperando a ser lavado
porquelas ilusiones manchan.

Fallecer en sueños aplastado
por tu propio peso es
mi maldición para ti, cariño.
Pero si vuelves a casa
mira bien en la encimera
que te he dejado preparadas
las tostadas con mermelada
y un café sin compañía.

IV (Sueños)

Soñé que perdía la cabeza
y la buscaba en el tejado,
aunque sólo encontraba
una pelota mal firmada
por los años de la adolescencia.

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He soñado con un muerto
en la habitación de mamá,
que entre lágrimas repetía
el nombre de mi alma gemela.
Decía que ayer lo maté
porque así uno de los dos
dormiría para siempre
y el otro aprendería que
en vida los sueños se pagan.

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Soñé que llegaba tarde a clase,
me tocaba repetir la vida
y solo pasaba del nacimiento.