Parte I

No es la primera vez que te encuentras frente al abismo. Has colocado mil veces los pies de manera estratégica y calculado el equilibrio justo y necesario con la punta de los dedos para no caer. Te han abierto un sinfín de veces la puerta del balcón para otear el horizonte y vislumbrar el peligro. El aire ensordecedor. El oxígeno que te abrasa los pulmones. El pulso desbocado en su carrera, las extremidades fosilizadas y el corazón a punto de salir disparado del pecho hasta hacerse uno con la rotación involuntaria del planeta. Sientes el giro orbital retumbarte bajo las vísceras. El miedo te habita bajo los párpados.

Miras hacia delante. Cielo y océano te contemplan como dos amantes misericordiosos separados por kilómetros, por estados de la materia diferentes y por una línea imaginaria que nos hemos empeñado en delimitar como frontera de un amor vetusto en el que desembocan todos los idilios de la historia. Todo amor encuentra su desgracia en la fina línea que los separa: en el limbo del egoísmo y del sacrificio.

Eres un ser humano que camina con la piel ennegrecida de tanto miedo. Sales a la calle porque tus cuatro paredes te oprimen y tientas el suelo con los pies descalzos en busca de un lugar de idilio. Un lugar inmenso y virgen donde se dilata el miedo y la huida vuelve sobre sus pasos. De la naturaleza virgen hasta la jungla de hormigón, y de la jungla, caminando, de vuelta a tus cuatro paredes.

— Fin de la primera parte —

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