Las manos gigantes de Cezara

Sigo una rigurosa rutina de misantropía. Rehúyo el trato humano y me aferro al animal. Me tranquiliza quedarme dormida en posición fetal acariciando el lomo de mi gato. Guardo a cada persona con un rostro desconocido para que ellos puedan trazar sus rasgos por mí. Estoy podrida.

Todas las mañanas me desprendo de mis vértebras. Somatizo todos los males como una epidemia. Me duele la espalda. La ansiedad me abre la tierra debajo de los pies cada vez que intento respirar. Los pocos que aún me rodean me quieren y yo me odio. Es un odio profundo y oxidado.

De mí queda la otra mitad, la del segundo nombre. Debajo de la sonrisa tengo las facciones congeladas y la sal de mis ojos no las derrite.

Mis fracasos ya no importan, soy yo contra el mundo cada vez que despierto. Ando descalza por el vacío y lo único que se mantiene vivo es mi corazón bombeando con fuerza. Mis miedos ya no son sombras y mi pecho lo sabe.

Que en las esquinas de mi pecho escriban todos y cada uno de los nombres en los que he dejado algún atisbo de vida. Las manos gigantes de Cezara podrán sostenerme algún día cuando el vacío desaparezca, pero si este es mi último paseo, quiero morirme de frío.

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