VII

Todas las noches,
unos pisos más abajo,
alguien prepara café
y a la misma hora
a mí se me inunda el pecho
porque recuerdo todos
los días extraños
cuando el óxido
que se adhiere a la vida
nos invade,
más que nunca.
Abro la ventana
porque no sé respirar
sin oxígeno ajeno.
Ningún muro
se derriba con las manos,
ni se consume por la espera
de una explosión
antes de la podredumbre.
Esperar es frenar
la combustión de la piel
que se cura de la quemadura,
esperar es el breve exilio
de la muerte
hasta que llega.

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